|
Los daños de la fauna salvaje
4-01-2008
Por ROBERTO HARTASÁNCHEZ
En el año 85 del siglo pasado comenzaron los trabajos de conservación
del oso pardo, poniendo en marcha un sistema que permitiera anular el
enfrentamiento entre el animal salvaje y el hombre, pagando debidamente
y con prontitud los daños causados por estos animales. Realmente no fue
difícil, en especial, porque el oso causaba muchos menos daños de lo que
a priori se creía. Apenas trescientas mil pesetas anuales.
Por esta razón, también se pusieron en marcha mecanismos que permitieran
mejorar la imagen de esta especie tan amenazada, aunque fuera a través
del pago de supuestos daños que sabíamos que no lo eran. En Somiedo
algunas vacas al pastar en lugares de gran pendiente se valtaban (caían
despeñadas) y terminaban como carroña y alimento para los osos. No eran
muchos los casos y el pago de estos falsos daños que eran reclamados por
los propietarios del ganado fue un gran aliciente para que los ganaderos
comenzaran a ver a los osos con mejores ojos, ya que en vez de causarles
daños se convertían en un seguro para recuperar un dinero que perdían
irremediablemente.
Contemporáneamente, vemos con gran asiduidad que las reclamaciones
sociales por los daños que causa la fauna salvaje a los intereses de la
gente del campo adquieren, en ocasiones, tintes de alarma social,
manifestaciones y reivindicaciones tales que al ciudadano no muy
enterado de estos temas le puede llegar a parecer que la gente del campo
sufre un acusado abandono y desatención, o que la fauna salvaje, a causa
de tanta protección, ha proliferado de tal manera que parece justo
comenzar a matar tanto bicho que debe de andar suelto por el monte.
Sin enjuiciar el verdadero alcance de los daños de especies tan
problemáticas como el lobo o el jabalí, sin olvidarse de los ferres que
comen pitas o los ratones que no dejan frutal en pie, hay que reseñar
que toda esta cuestión de las reclamaciones de los daños no está exenta
también de una proyección pícara.
Una simple mirada a la evolución de los daños de los lobos, basándonos
en las demandas de protección contra esta especie, nos lleva a valorar
que los mayores daños causados por esta fiera salvaje ya no se producen
en primavera, coincidiendo con los partos del ganado que está en la
montaña, ni en el otoño, cuando estos ganados bajan al valle, sino que
la etología del lobo se ha modificado de tal manera que los mayores
daños son causados en los períodos previos a la celebración de las
elecciones municipales.
Comienza a no ser extraño que al negociar la compra de una finca de
monte se le añada la plusvalía de tantas pesetas (en el campo se sigue
tratando en pesetas), ya que la finca «produce» cada año tal o cual
importe por los daños de fauna salvaje, cuando el aprovechamiento del
terreno es nulo para usos agrícolas.
Son muchas las anécdotas que ocurren con estos temas de reclamaciones de
daños. Esta primavera pasada fuimos requeridos en el Fapas para ver un
cerezo silvestre al que el oso se había subido a comer cerezas y que, en
su afán alimenticio, parecía haberse cargado el árbol. La confianza con
el afectado nos llevó a ver el árbol y comprobar que, además de ser un
cerezo silvestre sin ningún valor de producción de frutos, éste poseía
un porte excelente, unos quince metros de altura, y arriba del todo
presentaba una pequeña rama rota, única evidencia del paso del
plantígrado la noche anterior.
Viendo la escasa, por no decir nula, afección hacia el árbol, me llevó a
preguntarle, ¿pero vas a presentar una reclamación por daños?, y el
hombre, mirándome con cara un tanto compungida al darse cuenta de que la
reclamación pretendida era todo un exceso, me suelta: pero Roberto, es
que el año pasado ya se subió también y me pagaron cincuenta euros. Ah,
bueno le respondí yo, pues buenos son cincuenta euros para vino y, sin
darme más tiempo a hacer otro comentario, mi interlocutor, que creyó que
le había pillado en sus intenciones y sin más mala fe que aprovecharse
de la circunstancia de que por allí pasa de vez en cuando el oso, me
suelta, sí, sí, Roberto, me los gasté en vino, y si este año me vuelven
a dar cincuenta euros, pues tengo vino pa mediu añu?
Como digo, es bueno que el ciudadano sensible con estas cuestiones de la
conservación de la fauna salvaje tenga conocimiento de que en el tema de
las reclamaciones de los daños hay mucho más que daños precisamente.
Nunca han sido tan intensas esas reclamaciones y nunca como hasta ahora
el entorno social del campo ha sido beneficiario de tantos miles de
millones de pesetas, que precisamente destina la Unión Europea para
compensar esa necesidad de mantener la biodiversidad que representa un
valor social en alza.
Por fortuna, los cormoranes parece que este año se van a salvar de la
criba poblacional por falta de perdigones de acero, ya que los daños que
causan a los ríos unas cuantas decenas acaban con la posibilidad de
pesca de las cuarenta mil licencias que tienen la oportunidad de pescar
en los ríos asturianos. Yo me planteo si la presión sobre las
poblaciones piscícolas de nuestros ríos no será mayor por tan alta
cantidad de pescadores que por esas decenas de cormoranes.
Así las cosas, a lo largo de los últimos años vemos que para apaciguar
estas reclamaciones de daños y supuestos excesos poblacionales de la
fauna salvaje se tiende a acudir a la sencilla alternativa del gatillo
flojo, arte que parece ser la solución para poner en su lugar el
equilibrio ecológico de la naturaleza asturiana.
Roberto Hartasánchez es presidente del
Fondo Asturiano para la Protección de los Animales
Salvajes (FAPAS).
|