RELATO DE ALTA MAR…

 

…LA GRAN RUTA MARINA

 

La partida

Duermo en cubierta. La mañana es silenciosa. Se desperezan las gaviotas y salen a faenar los pesqueros. Tras el desayuno, zarpamos. Nos dirigimos hacia el mar de Liguria atravesando las tormentosas aguas del golfo de León con la intención de reunir la mayor cantidad posible de datos sobre cetáceos. Mar y barco se acarician mutuamente entonando el canto del mar en la roda, que, suavemente, cae y se levanta, como mis pensamientos.

Mar hasta donde alcanza la vista y en todos los puntos cardinales. Mar a proa, a popa, a babor, a estribor. Mar y silencio. Siniestro silencio. Canto de la roda que acaricia las aguas. Desde los abismos, el sol emerge, reflejado, como una estrella de luz absolutamente azul, siempre con nosotros, en la amura de estribor.

Los atunes saltan en todas las direcciones buscando a sus presas. Las pardelas se abalanzan en busca de restos. Mar silencio. La pardela misteriosa que navega sobre la superficie sin ni siquiera rozar las aguas, en vuelo rasante sobre el mar. Atunes de nuevo, en la lejanía. Una blanca niebla nos engulle. La atmósfera se humedece y observo, sentado en el botalón. Mar. Niebla blanca. Silencio. La proa.

La primera ballena

Siete de la tarde. 42º17´N 4º04´E. A 35 millas de la costa, en plena alta mar, con 1700 m de profundidad bajo la quilla. A unos 500 m, emerge el negro dorso de un rorcual. Calma chicha. La niebla se ha disipado y, a proa, divisamos a la ballena, de unos 25 m, más grande que nuestro velero. Navega relajada. Se abren las aguas, emerge su dorso como una montaña, y un blanco chorro a presión sube hacia el cielo en un estallido que corta el silencio, abriéndose en una nube que se funde en el aire. Su espalda interminable se introduce poco a poco en los abismos y, cada varias respiraciones, un potente golpe de riñón que deja ver justo hasta el nacimiento de la aleta caudal anuncia su desaparición.

El mar está en calma chicha. El motor apagado. El barco se mece, acunado en la inmensidad. Sólo mar. No existe nada más. La mar azul, inmensa, en torno al barco, insignificante. Silencioso e inabarcable mar. Sólo nosotros, en nuestro pequeño mundo flotante, y la gran estrella en el cielo. Somos el centro del Universo, somos minúsculas partículas flotando en la eternidad. Podemos experimentar ambas sensaciones.

Poco a poco se hace real, en el ancho y redondeado horizonte, el eco de profundas y largas espiraciones. Tan profundas, tan fundidas en la eternidad, en el silencio de la inmensidad infinita, que parecen surgir de los abismos, bajo la quilla del barco, que flota en el infinito ondear del océano.

Silencio sepulcral, infinito. Mar por todas partes. Mar en calma total. Soledad. El sol comienza a dibujar, en la extraña ondulación de la calma, los trazos anaranjados del ocaso y, bajo esas aguas misteriosas, el profundo eco del resoplido del gigante marino; la respiración de la ballena. Bruma en el llano horizonte del mar. Y, de nuevo, un resoplido que rompe el silencio y un chorro que surge de las aguas con un estallido. El dorso de la ballena que aparece en el mar plateado, difuminado en la bruma del atardecer. Un espectáculo grandioso que saboreamos con intensidad. Brillantes ctenóforos surcan los tenebrosos abismos. Baño en alta mar. Nos vamos. Y, mientras el sol besa al mar, allá entre la niebla, la ballena navega en paz.

 

Noche en alta mar

Aviso de temporal. Noche negra. Mar y cielo son uno. El aparejo se difumina en la niebla. El cielo oscuro se ilumina allá muy lejos, a babor, de vez en cuando, con los restallidos de relámpagos que quiebran la noche. Avanzamos relajados sobre los abismos de plata. El mar es una balsa de aceite. Me quedo en cubierta, a la caña, con el patrón. Inmensidad. Nada más existe. Éste es nuestro mundo. La luna proyecta blancos destellos que bailan en este mar oscuro. Miles de estrellas flotan en el cielo. Rumbo 60º. Las 2 de la mañana; estamos a 68 millas del punto de tierra más cercano, las islas d´Hyères. Estamos en medio de la inmensidad. La noche. La luna flotando en el cielo, bailando en el mar. Calma total. Noche estrellada. Las sombras del aparejo. La mar. El barco abriéndose camino en las aguas. Atento a proa. Atento al radar, que gira en lo alto de la mesana. Atento al compás. Caña a babor, caña a estribor, recuperar…

 

Aquel pequeño delfín…

Hay que escudriñar el mar, cada uno a una banda, y estar muy atento. En silencio, los sentidos trabajan mejor. Un bando de delfines listados. 2370 m de profundidad bajo nosotros. Una preciosa cría salta abarloada a su madre. Se acercan a nosotros, saltan, el bebé viene por babor y justo a proa emerge del mar y deja una imagen inolvidable en nuestro recuerdo, con su gesto sonriente, su mirada dulce, sus listas inmaculadamente blancas sobre su cuerpo brillante. El agua se cierra tras ellos cuando se sumergen deslizándose en el azul. Y desaparecen.

 

El temporal nos vence dos veces

Ya se divisan las islas. Un faro. Un castillo en la bruma. Islas verdes y rocosas. Izamos la bandera francesa en el palo mayor en señal de amistad. Al amanecer, partimos de nuevo hacia alta mar. Entre las islas, una pareja de delfines mulares se acercan a nuestro barco. Me parecen enormes. La mar arrecia. Fuerza 5-6. Empiezan a formarse olas grandes y crestas de espuma blanca rompen por todas partes. Navegamos a vela, muy escorados, izada la mesana. Dentro, todo se mueve. El agua ruge en los costados del barco y golpea con violencia en los portillos. El tiempo empeora y regresamos de nuevo. Al amanecer volvemos a salir. Nos encontramos con un viento fuerza 6 que se transforma poco a poco en temporal fuerza 7. La mar es gruesa. Las olas rompen y los rociones de espuma vienen volando en jirones, empapándonos. Tensamos duramente el cabo de la trinqueta, calándonos hasta los huesos. Sabor a sal. Viramos. El ambiente es gris. La tormenta arrecia. Navegamos con trinquete y mesana bajo la lluvia del mar y del cielo. Nos refugiamos de nuevo en las islas.

Reencuentro con las profundidades

En la madrugada, levamos ancla para buscar profundidad y alejarnos definitivamente de la costa. El sol emerge anaranjado. Baño al pairo. El barco flota en la mar azul y profunda, en calma, y nadamos, pequeños, alrededor. Disfruto con la respiración de la mar de fondo, mirando hacia los abismos, cuya claridad azul se torna negra oscuridad allá abajo, de donde surgen los haces de luz reflejada del sol. Continuamos ruta. Delfines listados y comunes. Un pez luna que sestea en superficie. Atunes que saltan por todas partes obligando a sus presas a subir a superficie. Una ballena aparece y desaparece en la lejanía.

Noche mágica.

Noche al pairo en alta mar a 40 millas de tierra francesa. Sólo mar. En la noche estrellada y silenciosa, cenamos, mecidos por la mar oscura. Hablamos, reímos. De pronto, un resoplido. Callamos, escuchamos. El agua golpea relajada en el casco, como si estuviésemos en una inmensa bañera. Otro resoplido… son calderones navegando muy tranquilos, pasando junto a nuestro barco. La estela de su silencioso avance se abre como un camino de plata. Durante la noche, estrellas fugaces surcan el cielo y relámpagos intermitentes iluminan una tormenta lejana.

Encuentros maravillosos

Durante la noche hemos derivado 5 millas rumbo SW, justo el que llevamos. Los delfines nos siguen desde la salida del sol. Diferentes grupos de listados y comunes juegan con la proa al amanecer. A mediodía, aparecen calderones a lo lejos y, de pronto, un rorcual junto al barco, que desaparece en el manto azul de las aguas, cubierto de los destellos plateados del sol, tan pronto como lo divisamos. Las aletas negras y ganchudas de los calderones se acercan poco a poco como un batallón. A medida que van llegando al barco, van asomando sus cabezas para observarnos con curiosidad y se van colocando en proa. El barco flota, al pairo. Pronto nos encontramos rodeados de las ballenas piloto, escuchando sus resoplidos por todas partes, rodeados del mar infinito. Las aguas transparentan las imágenes del grandioso espectáculo del que somos espectadores. Durante 45 minutos disfrutamos de la compañía inocente y confiada, curiosa y juguetona, de estos delfínidos de 6 metros y hasta 3.5 toneladas. Continuamos ruta pero poco después otro bando de calderones pone rumbo directo hacia nosotros y nos vemos de nuevo rodeados, quedando al pairo otra vez, flotando con los calderones sesteando y jugueteando junto a nosotros. Una madre amamanta a su cría, otros juegan a golpear el agua con la aleta caudal… permanecemos dos horas absolutamente hipnotizados, emborrachados de emoción. Debemos continuar y los calderones nos escoltan, se niegan a abandonarnos. Mar. Sólo mar. De pronto, una ballena. Una hora después estamos en medio de las extensas llanuras marinas rodeados por un cuarteto de ballenas, entre ellas una cría. Contemplamos en silencio el movimiento pausado y seguro de los gigantes en la inmensidad. Durante más de una hora y ante una grandiosa puesta de sol, las ballenas navegan a nuestro alrededor, indiferentes. El sol de vivo rojo se esconde en una caja de oscura bruma sobre el mar. Una pardela pasa deslizándose a ras de la superficie bañada por el sol. Caen las sombras y ponemos rumbo. Pero en seguida nos vemos rodeados de delfines listados que saltan en el mar plateado con las sombras del ocaso. Se cruzan de un lado a otro, juegan locos de alegría y excitación, gritamos nosotros a cada salto y a ellos les gusta. Después, desaparecen. Pero cinco minutos después hay más delfines saltando en proa.

Y el dichoso regreso.

Cae la noche y la navegación continúa. Nos ponemos al pairo, en calma chicha, con un cielo salpicado de estrellas, y cenamos en el silencio de alta mar una vez más. La larga travesía prosigue durante toda la noche. El día que lleguemos a tierra de regreso, con la piel blanqueada por la sal y tostada por el sol, con caras silenciosas y expresivas, no sé si tristes o felices, aferrados al mar, no querremos ya encontrarnos con el mundo de los hombres.

 

David.- Amundsen.